Para el Diccionario de la Real Academia Española, fetiche es, en su primera acepción, “ídolo u objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos“. Y el Diccionario Ideológico de la Lengua Española de Julio Casares incide en ello: fetiche sería un “objeto de culto supersticioso en ciertas tribus“. Y etimológicamente, suele considerarse que un fetiche es, “entre los pueblos primitivos, ídolo, objeto de culto supersticioso y al que se atribuye un poder mágico“.


Nuestra civilización tiene sus propios fetiches: las máquinas.

Y entre ellas dominan como fetiches las máquinas informáticas, esos gadgets tecnológicos de último modelo que provocan comportamientos que sólo parecen tener sentido en una visión supersticiosa de una moderna tribu de urbanitas.

Veamos algunos ejemplos.

A medidos de enero, casi sorprendió la decisión de Apple de interrumpir el lanzamiento del nuevo iPhone 4S en las ciudades chinas de Pekín y Shangai. Según las declaraciones de responsables de la empresa, la decisión se tomó “para garantizar la seguridad de sus clientes y empleados“. La prevista llegada el viernes 13 de enero del último terminal telefónico de Apple al país asiático había desatado la locura entre los miles de fanáticos de la firma, que colapsaron las tiendas para, como también suele ocurrir en occidente, hacerse antes que nadie con el ansiado teléfono. Uno de los portavoces de Apple dijo que “la demanda de iPhone 4S ha sido increíble. Desafortunadamente no hemos podido abrir nuestra tienda en Sanlitun por la multitud. Para garantizar la seguridad de nuestros clientes y de nuestros empleados, iPhone no estará disponible en nuestras tiendas en Pekín y Shanghai por el momento“.

Esa voluntad de tener antes que nadie los “privilegios” que otorga una nueva máquina fetiche (un nuevo objeto de culto consumista) nace de una nueva superstición moderna amparada en el consumo y, no lo olvidemos, en la atracción que los nuevos aparatos infotecnológicos despiertan en la mayoría de la población de todo el mundo.

El nuevo iPhone, en este caso, se comporta como un ansiado fetiche que hay que poseer para… no sé en realidad para qué, pero lo cierto es que hay que poseerlo.


Aunque esos fetiches puedan también incomodarnos.

En fechas cercanas a esa circunstancia ya narrada del nuevo consumo tecnológico chino, ocurrió otro hecho de lo más significativo: esos fetiches infotecnológicos se resisten a ser dominados e incluso en países más acostumbrados al uso de la tecnología, provocan nuevos y curiosos problemas.

El martes 10 de enero, el director Alan Gilbert detuvo el concierto de la Filarmónica de Nueva York en el movimiento final de la novena sinfonía de Mahler. Fue en el Avery Fisher Hall, en el Lincoln Center. La causa: la alarma de un teléfono móvil de un hombre de negocios, de entre 60 y 70 años, conocido como Patron X, director de dos empresas y con un largo historial como melómano y aficionado. Ocurre, según confesión del pobre hombre, que el día anterior había cambiado de su anterior Blackberry a un nuevo iPhone y, aunque había desconectado el sonido de las llamadas del nuevo iPhone, no llegó a darse cuenta de que seguía conectada la alarma que es la que produjo la interrupción. Debe ser eso que solemos llamar la “curva de aprendizaje” de las nuevas tecnologías y lo difícil que se nos hace a algunas personas mayores hacernos con el dominio absoluto de una máquina como cualquier smartphones, cada vez más sofisticados y con mayores opciones.


Una curiosa reacción odio/afecto nos liga a nuestros nuevos fetiches tecnológicos: máquinas que deseamos y que, empujados por el consumo, nos resultan casi imprescindibles pero que, dada su complejidad y sus múltiples posibilidades, también se resisten a permitirnos lograr un completo dominio de su uso.

Curioso además, que ese tipo de fenómenos suela concentrarse en máquinas de Apple, esa empresa creada por Steve Jobs y que, entre muchas novedades, nos ha devueltos varias décadas al pasado en sus formas de comercialización y funcionamiento. Pero de eso hablaremos el próximo mes.