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Customer Service por Víctor Maymó

La paradoja de la IA en el Customer Service en España: disponible para todos, accesible para pocos 

En España, la inteligencia artificial se ha convertido en un elemento central en la conversación sobre el futuro del Customer Service (CS), pero su impacto real en las operaciones sigue siendo limitado. Aunque las empresas reconocen su potencial para automatizar la atención al cliente, mejorar la eficiencia y optimizar costes, la adopción efectiva dista de estar generalizada en el día a día de los equipos de atención. 

La inteligencia artificial ha pasado en muy poco tiempo de ser una tecnología emergente a convertirse en una prioridad estratégica para las empresas. En el país, como en el resto de Europa, el interés por la IA es evidente, ya que está en la agenda de los consejos de administración, en los planes de transformación digital y en la mayoría de las conversaciones sobre competitividad. Sin embargo, convive una paradoja difícil de ignorar, pues está ampliamente disponible, pero no es plenamente accesible para muchas empresas, especialmente cuando se trata de llevarla de la teoría a la práctica en el ámbito del CS. 

A menudo se presenta la adopción de la IA como un problema técnico por falta de herramientas, complejidad de los modelos o necesidad de talento especializado. Pero, en realidad, estos factores ya no son el principal cuello de botella. Hoy existen soluciones maduras, accesibles y cada vez más estandarizadas. 

En cierto modo, la situación recuerda a la película de Iron Man, en 2008, donde la tecnología por sí sola no cambia nada si no se integra correctamente en un sistema operativo funcional. Tony Stark no transforma su realidad simplemente construyendo la armadura, sino cuando consigue hacerla plenamente operativa, conectada y utilizable en condiciones reales. Con la IA ocurre algo similar, no basta con disponer de la tecnología, el verdadero valor aparece cuando se integra en los procesos y se convierte en parte estructural de la organización. En el ámbito del customer service, esto se traduce en algo muy concreto.

Muchas compañías han empezado a experimentar con IA (chatbots, automatización de tickets, asistentes internos), pero pocas han conseguido llevar estos casos de uso a escala. Esta lectura no es solo una percepción cualitativa. Un reciente estudio basado en profesionales de atención al cliente en España y Portugal muestra que más del 80% de las organizaciones ya utiliza algún tipo de IA, pero solo una minoría lo hace a gran escala. Al mismo tiempo, desafíos estructurales como la omnicanalidad o la falta de personalización siguen sin resolverse. Este contraste es clave para entender por qué la IA no basta con adoptarla, sino que hay que integrarla y operativizarla. 

En este contexto, el papel de Europa es especialmente relevante. La Unión Europea ha optado por regular la IA para garantizar su desarrollo ético y seguro, sin renunciar a su potencial económico. El ejemplo más claro es el AI Act, que introduce un marco basado en niveles de riesgo y aporta mayor certidumbre a empresas y desarrolladores. 

Este tipo de avances son positivos, porque ayudan a generar confianza en el uso de la tecnología, pero también ponen de relieve que el reto no es solo normativo, sino operativo. En ámbitos como el CS, donde la IA impacta directamente en la interacción con el cliente, la clave no está únicamente en cumplir con el marco regulatorio, sino en ser capaces de integrarla de forma efectiva en procesos reales. España, en particular, ha avanzado con su Estrategia Nacional de IA, el desarrollo de entornos de prueba regulados (sandboxes) y la creación de organismos específicos para supervisión y despliegue. Estas medidas buscan un equilibrio complejo entre proteger a las empresas y a los ciudadanos sin frenar la innovación. 

A estas alturas, el reto ya no es adoptar la IA, sino conseguir que funcione de verdad en el día a día y a escala. En Customer Service, esto se hace especialmente evidente, porque es ahí donde las iniciativas dejan de ser conceptuales y pasan a medirse en términos de volumen, exigencia y continuidad operativa. Muchas compañías ya han avanzado en este camino, pero es precisamente en ese momento, cuando la presión es real, donde se pone a prueba la solidez de lo construido. 

Porque una cosa es impulsar iniciativas o desarrollar casos de uso y otra muy distinta conseguir que la tecnología se integre en procesos que ya son complejos, que responda con consistencia y que contribuya a reducir la carga operativa en lugar de añadir nuevas fricciones. 

En ese sentido, la diferencia no está tanto en el acceso a la tecnología como en la capacidad de llevarla hasta ese punto en el que deja de ser una capa adicional y pasa a formar parte del propio funcionamiento del servicio. 

Por Víctor Maymó, Regional Sales Manager Spain de Automaise 

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