Llevamos ya un tiempo asistiendo a un intenso debate sobre la libertad de expresión. Es un derecho irrenunciable y que hay que defender a toda costa.

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Manuel Navarro Ruiz

En los últimos tiempos, vemos como numerosos gobiernos, entre ellos el español, están dictando leyes que reducen este derecho constitucional amparándose en la seguridad. Dado que vivimos en un mundo convulso, la seguridad se convierte en un elemento esencial que permite a Gobiernos y Estados restringir varias libertades, entre ellas la de la posibilidad de decir y opinar sobre lo que cada uno tenga a bien, sin ser “represaliado”. Es algo que no deberíamos consentir.

Pero una cosa es la libertad de expresión y otra la libertad de insulto. Y de esto último andamos sobrados últimamente. Basta darse una vualta por cualquier red social para comprobar que éstas son un auténtico vertedero de basura. Da igual el tema del que se trate: puede ser política, deporte, tecnología, cine, cultura. Siempre que exista una controversia el insulto está asegurado.

Se supone que la gente que habita en esas redes no diría las cosas que escribe si estuviera en el mundo real. Twitter o Facebook les dan patente de corso para transformarse en seres auténticamente despreciables (en un estadio de fútbol también se pueden ver estos comportamientos). Se suele decir que se aprovechan del anonimato, pero la realidad es que la gran mayoría de esos perfiles no son anónimos. Son gente con nombre y apellidos, que pueden ser identificados pero contra las que las Fuerzas de Seguridad no pueden hacer nada sin que haya una denuncia previa (gracias a que vivimos en un Estado de Derecho).

Pero sería loable que, de la misma forma que esas redes cierran perfiles del Estado Islámico, lo hicieran con una innumerable cantidad de personajes que, ante todo, lo único que demuestran es una gran falta de educación y de respeto a los demás.