Nunca me imaginé a mí mismo escribiendo lo que pienso decir en este texto: hace años que hago reflexionar a mis estudiantes sobre ética de la tecnología y, también, sobre la ética en la profesión informática. En este ámbito, el gran uso que los jóvenes hacen de la copia digital ha sido siempre un problema con mis estudiantes.

            La versión «oficial» es que la copia digital no es ética ya que va contra el derecho de propiedad de los autores, productores y propietarios de contenidos (que a veces no coinciden), aunque siempre cabe preguntarse, como me sugieren mis estudiantes, si realmente es tan «sagrado» el derecho de propiedad. Y la respuesta ha de ser que sí, al menos en nuestra sociedad regida por el sistema socioeconómico capitalista que, todos lo sabemos, no es el único posible pero sí el vigente hoy en todo el mundo. Se puede no estar de acuerdo con la defensa de la propiedad privada que hace este sistema socio-económico, pero las leyes están hechas desde esa óptica capitalista. Hasta que eso no cambie no hay nada más que hablar.

            Pero hay otros razonamientos que hacer.

            Muchos de los jóvenes que copian contenidos digitales (libros, música, películas, etc.) no tienen trabajo. Y eso, evidentemente, proporciona curiosas coartadas.

            El anterior ministro de trabajo, Valeriano Gómez  reconoció hace poco que buena parte de la emigración española está hoy formada por jóvenes y que la mayor parte de ellos están sumamente cualificados.

            Antes, como no deja de tener su lógica, quienes tenían un título universitario encontraban trabajo más fácilmente. Ahora sigue ocurriendo lo mismo pero en mucha menor escala y por eso nuestros jóvenes titulados y muy bien formados (con carreras universitarias, masters, doctorados y todo eso) ya no encuentran trabajo en España y deben marchar al extranjero. Y eso, desgraciadamente, empieza a verse como «normal».

            Cuando yo era más joven de lo que soy ahora, a eso se le llamaba «fuga de cerebros» y se consideraba un grave problema. Ahora se le llama «movilidad de talentos». Es un eufemismo que puede hacer las delicias, por ejemplo, de la anterior ministra de ciencia, la señora Garmendia. Clama al cielo que una ministra pueda mostrarse incluso satisfecha y contenta con el hecho de que nuestros jóvenes más cualificados deban emigrar a otros países para encontrar el trabajo que este país no sabe ni puede ofrecerles. Es como el cuento de la zorra y las uvas: cuando no puede alcanzarlas dice que las uvas están verdes.

            Siempre me ha parecido bien que nuestros jóvenes viajen y conozcan nuevas experiencias, pero no que deban quedarse a trabajar en el extranjero porque su país no les puede ofrecer algo tan elemental y tan básico como es un trabajo con el que ganarse la vida sin tener que acudir a la ayuda familiar como, según demuestran otros estudios, empieza a ser imprescindible hoy. Y eso con jóvenes de, incluso, más de treinta años…

            Y si pensamos en los que no tienen titulación académica, la situación ha de ser todavía peor. ¿Cómo van a vivir los jóvenes que no tienen trabajo? ¿Se imaginan lo que debe ser entrar en la rutina laboral, con sus exigencias horarias y disciplinarias, pasados los treinta años?

            ¿Les extraña de verdad que los jóvenes sobrevivan como puedan, aunque eso sea abusando incluso de la copia digital para disfrutar en sus larguísimos momentos de ocio? Ese ocio que, desgraciadamente, les proporcionamos al no encontrar trabajo.

            A mí empieza a no extrañarme lo más mínimo.

            Hay algo que se llama supervivencia y creo que todos los seres humanos tienen derecho a ella. Aunque sea, en último extremo, para llenar sus exagerados ratos de ocio en un país que no les ofrece la posibilidad de trabajar.

            Por el momento, piensen en la bomba de explosión retardada que estamos creado con ese porcentaje, superior al cuarenta por ciento, de jóvenes (cualificados o no) a los que este país les está negando un derecho constitucional básico: el derecho al trabajo.

            Lo de menos, estoy completamente convencido, es la copia digital. ¿No les parece?