El mes pasado tuve la oportunidad de visitar Israel, invitado por la Embajada de este país en España, para un encuentro organizado por el IEICI, Instituto de Exportación y Cooperación Internacional judío. Toda la información del evento la encontrará el lector en las páginas interiores de este número.

Después de tres días de visitas y contactos con un buen número de empresas israelitas, sentí un cierto sentimiento de envidia de cómo hacen las cosas por aquellos lares. Sin  entrar en cifras comparativas de la riqueza en todos los órdenes (no sólo económico) de ambos territorios, pondré un ejemplo para ilustrar la preocupación de un país y otro por la tecnología: de cara al próximo Mobile World Congress de Barcelona, a celebrar este mes de febrero, el gobierno de Tel Aviv ha financiado y conseguido que acudan 54 empresas de telecomunicaciones radicadas en Israel. El ICEX (Instituto Español de Comercio Exterior), organismo de estructura paralela al IEICI, no ha conseguido que medio centenar de empresas españolas acudan este año a la primera feria informática del mundo, el CeBit alemán.

¿Qué nos pasa? Pues muy sencillo. Mientras gobiernos como el israelí promocionan su industria, en este caso la tecnológica, en España nuestros políticos se hartan de hablar de lo primordial que resulta invertir en nuevas tecnologías, pero, a la hora de la verdad, a la hora de establecer planes auténticos de desarrollo, de invertir en condiciones, dan el apoyo a otros sectores, como el del automóvil, que no tienen ningún futuro, porque ha dejado de ser competitivo en nuestro país.

En tecnología, hay sobradas pruebas de que sí somos competitivos, de que somos capaces de estar al nivel del resto de países de nuestro entorno e, incluso, por encima. Por trabajo, me tengo que mover por esos países y entablar contacto con multitud de empresas punteras;  en todas ellas te encuentras a directivos y técnicos españoles con responsabilidades muy altas. A nivel profesional, cuentan con nosotros,  ¡y de qué manera!

Por tanto, es obvio que tenemos la materia prima, que disponemos de un país con medios, que somos capaces de competir intelectualmente en el terreno tecnológico con cualquier nación del mundo, pero no tenemos una Administración que sea capaz de establecer programas de ayuda y promoción.

Así nos luce el pelo.


Juan  Manuel Sáez