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La conectividad en el transporte de pasajeros no va de cobertura; va de continuidad operativa

La conectividad en el transporte de pasajeros no va de cobertura; va de continuidad operativa 1
Alayn Endaya Medallo, Marketing Manager de Wireless Logic España

Hoy en día, la conectividad ya no consiste únicamente en conectarse, sino en mantenerse conectado. Puede parecer lo mismo, pero para una empresa no lo es. Pensemos en un operador de transporte, para quien un simple corte en las comunicaciones va más allá de quedarse sin Internet por unos minutos: significa perder la trazabilidad de su flota, interrumpir servicios, perder transacciones, perjudicar la experiencia de usuario y, en último término, incluso generar un potencial problema de seguridad y de reputación. 

La conectividad es el epicentro de la sociedad digital en que vivimos y un elemento capital para los negocios. Hoy en día, prácticamente todo lo que hacemos necesita una conectividad constante, ya que la mera interrupción o ligera saturación de esa conectividad puede generar unas disrupciones difíciles de solventar en el corto plazo. En ocasiones, dichas disrupciones se convertirán en daños incluso permanentes, afectando no solo al servicio o a la normal operativa, sino, incluso, a la seguridad de los datos, perjudicando a los usuarios y, de forma irreversible, a las empresas. 

Sin embargo, y a pesar de la vital importancia que tiene la conectividad en el mundo actual, no siempre se le presta la debida atención. A menudo nos fijamos en incrementar el ancho de banda o en reducir la latencia. Es deseable, pero no puede ser la única meta: la verdadera clave está en la continuidad operativa. Y, en ese esquema, es la resiliencia el factor determinante. 

Resiliencia: la clave de la conectividad 

Si las redes sobre las que se apoya el ecosistema digital no son resilientes a todos los niveles, incluyendo la ciberseguridad para proteger esa operativa digital y a los usuarios que utilizan los servicios, las consecuencias se traducen en ejemplos como no poder pagar con tarjeta en un comercio, no disponer de acceso a nuestra propia ubicación para saber el camino hasta nuestro destino o incluso no poder proteger nuestra casa o nuestro negocio por haber dejado ‘ciegas’ a las cámaras de seguridad que los protegen. De hecho, sin conectividad ni siquiera habría transporte de pasajeros tal y como lo conocemos, ya que el modelo de movilidad actual es inteligente y conectado, una tendencia que no hará sino crecer en el futuro con la llegada de los vehículos conectados. 

De nuevo, aquí no se trata (únicamente) de tener wifi a bordo del autobús o en un avión, sino de preservar el ecosistema que hace posible que tanto ese autobús como ese avión lleguen a su destino a la hora programada. Más allá de eso, y en otro plano, es esa conectividad la que permite a las empresas gestionar sus flotas de vehículos, favoreciendo, con ello, que las tiendas puedan disponer de stock por haber llegado a tiempo las furgonetas de reparto o que los servicios de emergencias puedan atender a una llamada. 

Interoperabilidad para eliminar disrupciones 

La movilidad de las personas, mercancías y capitales es algo que forma parte del ADN de Europa y que el mundo ha entendido como esencial para el desarrollo social y económico. Pero, en un entorno donde el vehículo puede atravesar distintas zonas de cobertura a lo largo de un mismo recorrido, depender de un único operador supone correr un riesgo innecesario. Máxime cuando se puede mitigar ese riesgo con tecnologías como las SIM IoT multioperador, que permiten mantener la continuidad del servicio cambiando únicamente entre las distintas redes disponibles sin fricciones, reduciendo el riesgo de interrupciones en el servicio. Es solo un ejemplo de cómo la tecnología contribuye a preservar esa continuidad operativa tan necesaria. Pero no es el único factor a tener en cuenta.  

En paralelo a los protocolos y sistemas de conexión hay que prestar atención al hardware. Y es que la mayor complejidad del ecosistema exige apostar por soluciones donde la resiliencia no sea solo operativa, sino también física. Aquí, la durabilidad de los dispositivos, su capacidad para actualizarse y un diseño orientado a la seguridad y escalabilidad deben ser los factores clave que permitan a empresas y usuarios apostar por soluciones durables en el tiempo, especialmente en sectores críticos como el transporte o la logística, que se convierten en redes y ecosistemas en sí mismos que alimentan a otros sectores y negocios. Si el mero salto de un proveedor de conectividad a otro ya supone un cuello de botella y un motivo de disrupción, tener que reemplazar dispositivos físicos cada poco tiempo por su incapacidad para actualizarse o converger con nuevas realidades supondrá un desafío aún mayor para la continuidad de cualquier negocio. Las soluciones resilientes en todos los ámbitos posibles son el caballo ganador, y la interoperabilidad y compatibilidad de dispositivos y redes se convierte en pieza clave para un modelo más eficiente y sostenible. 

La conectividad en el centro 

Debemos entender que la conectividad no es un servicio extra que podamos modular o configurar para nuestros clientes, sino una necesidad básica para la sociedad. Un pilar tan esencial como disponer de electricidad o agua caliente. La conectividad es una infraestructura, no un capricho. Es un elemento central y transversal al mundo digital, no una moda o un complemento para estar más cómodos. Sin conectividad, sencillamente, no hay nada en el mundo digital. Pero esa conectividad debe estar diseñada desde la seguridad para que sus innegables y necesarios beneficios no se vean opacados por sus riesgos inherentes al mundo digital. 

Como en toda infraestructura, la calidad y su buen estado son factores esenciales para que sea operativa y sirva a los intereses del usuario. Si la infraestructura falla en algún punto, su misión quedará comprometida. Y si ese fallo se produce en el ámbito de la seguridad, el daño reputacional se convertirá en el resultado más evidente, con las implicaciones legales que ello supone en entornos sujetos a regulaciones tan estrictas como la europea. De ahí que la conectividad deba diseñarse y gestionarse con la ciberseguridad como eje y razón de ser, aplicando distintas capas enfocadas tanto a la detección de anomalías como a la protección del ecosistema a través de la gestión de identidades y accesos tanto de los usuarios como de los profesionales.  

En este sentido, las herramientas de ciberseguridad basadas en la detección temprana de amenazas mediante el uso de IA y el abordaje proactivo se convierten en una pieza clave para dotar a los procesos de conectividad de una resiliencia que se suma a las ya mencionadas de continuidad operativa y robustez del hardware. Son tres pilares para un mismo fin: desplegar, mantener e impulsar ecosistemas de conectividad adaptados a las necesidades del siglo XXI y de las empresas de sectores críticos como la industria, el transporte o las telecomunicaciones. 

No lo olvidemos: la conectividad no se puede dar por sentada, pero sí podemos seguir impulsando ecosistemas conectados que respondan a las necesidades del presente y del futuro cuidando y mejorando las infraestructuras físicas y digitales que evitan fricciones innecesarias, zonas sin cobertura y caídas de servicios esenciales. La conectividad es el pegamento del siglo XXI y el facilitador que hace posible el mundo que conocemos. Y solo un proveedor de servicios IoT que entiende perfectamente este nuevo paradigma puede ofrecer soluciones escalables, personalizables y rápidamente adaptables a los cambiantes entornos que se han convertido en la norma. 

Alayn Endaya Medallo, Marketing Manager de Wireless Logic España

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