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Alberto Lozano, director de Oracle NetSuite para el sur de Europa y Oriente Medio

La velocidad no es estrategia: El criterio humano debe ocupar un lugar central en las decisiones impulsadas por la IA

A medida que las organizaciones aceleran el uso de la IA, se espera que la toma de decisiones avance a un ritmo que hace apenas unos años habría parecido poco realista.  

La IA está ampliando de forma drástica la rapidez con la que las organizaciones pueden detectar, interpretar y responder, lo que supone un salto cualitativo en competitividad. La inteligencia de negocio que antes requería semanas de análisis ahora se hace evidente en cuestión de segundos, los ajustes operativos pueden activarse de forma autónoma, y las previsiones se actualizan en función de los nuevos datos que van llegando. Utilizada de forma eficaz, esta “aceleración” impulsada por la IA potencia la competitividad de las organizaciones y permite a sus directivos enfocarse en las decisiones estratégicas para sus negocios. 

Para las empresas medianas, esta capacidad de respuesta puede convertirse en un elemento diferencial. Reaccionar con rapidez ante interrupciones en la cadena de suministro, fluctuaciones de la demanda o aumentos de costes puede ser clave a la hora de proteger los márgenes y la cuota de mercado. 

Sin embargo, la velocidad por sí sola no determina la calidad de esas decisiones, ya que siguen estando condicionadas por las prioridades a largo plazo y por el cumplimiento normativo. Los directivos con mejores resultados están reformulando sus mecanismos de supervisión para ajustarse a la nueva velocidad de la toma de decisiones. Saben que actuar con rapidez aporta valor. Pero hacerlo con claridad y criterio es lo que realmente marca la diferencia. 

La IA dentro del proceso 

El concepto, ya habitual, de mantener a un “humano dentro del proceso” refleja la importancia de garantizar la calidad en la toma de decisiones optimizadas gracias al uso de la IA, pero esta máxima debe aplicarse con criterio. La IA no requiere de intervención humana en todas sus fases de actuación. Lo importante es tener claro cuándo el criterio y la responsabilidad de una persona influyen realmente en los resultados. 

La IA puede procesar grandes volúmenes de información, filtrando el ruido y sacando a la luz señales que, de otro modo, permanecerían ocultas. Un equipo financiero podría, por ejemplo, detectar señales tempranas de alerta en los patrones de flujo de caja. Los equipos de operaciones podrían detectar fluctuaciones en el nivel de servicio de los proveedores. O los equipos comerciales podrían simular diferentes escenarios de precios antes de actuar. 

Con un único modelo de datos para todas las funciones dentro de una organizacion, la IA construye una visión más completa de lo que está ocurriendo y por qué. Los modelos predictivos pueden simular distintos escenarios y posibles resultados, ayudando a los líderes a entender las consecuencias indirectas de ciertas decisiones, y a evaluar ventajas y riesgos antes de actuar. 

Lograr el equilibrio adecuado 

Algunas decisiones, sin embargo, tienen un peso que va más allá de lo que cualquier modelo de IA pueda evaluar. Entrar en un nuevo mercado, reformular las relaciones con proveedores o revisar la estrategia de precios afecta a la reputación, la confianza de los grupos de interés y el posicionamiento a largo plazo. La IA puede, y cada vez más debe, ayudar a tomar decisiones más informadas, pero no puede asumir la responsabilidad sobre esas decisiones. Esa responsabilidad sebe seguir recayendo sobre una persona y no sobre una IA, y además esto debe seguir quedando muy claro. 

Lograr el equilibrio adecuado empieza por reconocer que no todas las decisiones requieren el mismo grado de intervención humana. Las operaciones rutinarias y de bajo impacto pueden automatizarse con confianza, mientras que las decisiones que afectan a la dirección, a la marca o al capital deben seguir estando claramente lideradas por personas. 

Las empresas también deben asumir que el equilibrio “adecuado” entre humanos e IA no es una ecuación estática, sino que evoluciona con el tiempo. Los buenos sistemas de feedback ayudan a que las personas sigan aportando criterio, empatía y reflexión humana en los procesos que usan inteligencia artificial. Si los equipos revisan periódicamente los resultados de la IA y se plantean preguntas como “esa decisión que la IA nos ayudó a tomar ¿impactó realmente en nuestros objetivos de negocio?”, con el tiempo las organizaciones podrán ir incrementando la automatización con mayor confianza, manteniendo al mismo tiempo las decisiones finales en manos humanas.  

Diseñar sistemas de decisión con intención 

Las compañías deberían definir a priori categorías claras como “ejecución automática”, “aprobación humana” y “decisión humana”, asegurándose de que la velocidad de la IA se aplique solo allí donde las consecuencias estén claras. Por ejemplo, un sistema de IA podría hacer pequeños ajustes de precio, pero requerir aprobación humana para cambiar la estrategia de precios en un nuevo mercado. 

Cuando está claro a quién corresponde cada tipo de decisión de negocio, y los límites operativos están claramente marcados, la IA puede operar a gran velocidad sin que haya  dudas sobre hasta dónde llegar su responsabilidad. En la práctica, esto significa definir y documentar claramente los derechos de decisión, alinearlos con los objetivos de negocio, y revisarlos a medida que la automatización se aplica a un mayor ámbito dentro de la empresa. Tener claro todo lo anterior también ayuda a los equipos internos a entender quién es, en última instancia, responsable de cada decisión. 

Convertir la aceleración en ventaja 

Abordar la IA de este modo genera beneficios prácticos. Los equipos dedican menos tiempo a recopilar información y más tiempo a extraer mayor valor de ella. Los riesgos se identifican a priori, y las decisiones se basan en datos más claros y accesibles, en lugar de en la intuición o en informes incompletos o fragmentados. Las conversaciones estratégicas empiezan a tener un foco más claro. Y, con el tiempo, esto genera confianza tanto en la tecnología como en las decisiones que se derivan de ella. 

La IA debe entenderse, ante todo, como un amplificador de capacidades. Cuando los líderes la consideran un “socio estratégico”, y a la vez definen claramente dónde la supervisión humana es necesaria y aporta valor, el resultado suele ser un modelo operativo más resiliente. 

Las organizaciones que entienden y aplican este enfoque, se mueven más rápido y sin perder el control. Responden al cambio con mayor confianza, toman decisiones respaldadas por información en tiempo real, y tienen claro a quién corresponde cada responsabilidad. Combinar velocidad y propósito permite mejorar resultados operativos sin perder de vista el valor a largo plazo. 

Alberto Lozano, director de Oracle NetSuite para el sur de Europa y Oriente Medio 

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