José Joaquín Flechoso Cibercotizante

Stephen Normandin era un veterano del ejército estadounidense de 63 años, que llevaba varios meses ejerciendo de repartidor en plantilla para Amazon cuando recibió́ un correo electrónico en el que se le informaba, sin más, de la extinción de su contrato. Esta decisión la tomó un algoritmo de rastreo de su actividad cotidiana que le había considerado no apto. Una máquina, haciendo de responsable de RR.HH. acababa de despedirle.

Normandin, se definía a sí mismo como “un tipo de la vieja escuela”, con una ética laboral “a prueba de bombas”. En su opinión, se trataba de un despido “desconsiderado y abusivo”, además de inmerecido. Nadie se dirigió́ a él para explicarle cuáles eran los criterios que habían llevado a la inteligencia artificial a cuestionar su compromiso y su nivel de competencia. En su opinión, el algoritmo le despidió́ por su edad, sin tener en cuenta factores como sus ganas de trabajar y su optimo estado de salud física y mental, pero sus intentos de demostrarlo acudiendo a un tribunal de arbitraje resultaron infructuosos.

Normandin, se definía a sí mismo como “un tipo de la vieja escuela”, con una ética laboral “a prueba de bombas”.

Hombres como él siguen apelando a la cultura del esfuerzo y la dignidad del trabajo, mientras compañías como Amazon basan su modelo en una creciente automatización de los procesos productivos y las rutinas laborales que excluye casi por completo el factor humano. Pero no es más que un ejemplo de lo que nos puede ocurrir si no ponemos freno a estos procesos, que infringen la propia esencia del término “recursos humanos”, tal y como su nombre indica.

Soy un ferviente defensor de la digitalización, de lo cual no hay duda siguiendo la trazabilidad de mis escritos y declaraciones, pero las maquinas están para ayudar, facilitar y manejar información, pero la última decisión no puede estar en ellas.

¡Urge un código de buenas prácticas digitales!