En 1920, el gran revolucionario Lenin, ocupado ya en labores de gobierno escribió un famoso texto con el título “El izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo“. Su tacticismo político le llevaba ya a un pragmatismo prudente hasta entonces inédito.

No les voy a hablar de Lenin, pero si voy a parodiar su título hablando aquí de “El academicismo, la enfermedad senil de la inteligencia“. Creo sinceramente que, cuando un conocimiento se hace académico, se esclerotiza y se “ordena” tal vez de la peor manera para el mantenimiento de su vitalidad. Y, por otra parte, el fenómeno me temo que sea inevitable.

Imagino que eso no debe ser grave en campos como la historia, la filosofía y la antropología, pero acaba pudiendo ser funesto en la ingeniería, y, por tanto, en la ingeniería informática.

Soy mayor: escribí mi primer programa de ordenador en 1968 y fui, también, profesor asociado en el primer curso impartido en la Facultad de Informática de Barcelona [FIB] en 1977-78. Mi sorpresa entonces fue grande cuando constaté que en la FIB se daba, por ejemplo, gran importancia a Alan Turing y su máquina universal y a temas como “gramáticas, lenguajes y autómatas”, “calculabilidad”, etc. que, mis compañeros de profesión, fuera de la universidad, ignoraban casi completamente. ¿Qué era esa informática extraña, ajena a la realidad profesional, que se enseñaba en la FIB? (Que nadie se engañe: creo que es bueno que los informáticos conozcan la historia de la informática, sepan de Turing y su máquina universal; pero no acabo de convencerme de que eso es lo fundamental que deben conocer para ejercer su profesión).

En mi área de conocimiento, “lenguajes y sistemas informáticos” (LSI), al menos en mi antiguo departamento, todavía hoy se considera no aceptable un proyecto de tesis doctoral que pueda tener aplicación práctica. Y eso ocurre en una universidad politécnica que forma ingenieros. Se pretende una pureza académica y de investigación que, desgraciadamente, la historia de casi treinta años de departamentos universitarios como LSI en la UPC no justifica en absoluto: en informática, la mayoría de novedades que nos llegan con los nuevos equipos y sistemas proceden de la investigación profesional en las “empresas constructoras” y casi nunca del academicismo, más bien bastante estéril, de la investigación universitaria.

Aunque todo tiene su razón de ser. En los años setenta y ochenta, cuando se crearon las actuales estructuras universitarias como las áreas de conocimiento y los departamentos universitarios, los verdaderos profesionales informáticos de entonces estábamos muy ocupados “inventándonos” la profesión. Por eso, en áreas como LSI, acabaron dominando personas con estudios de matemáticas y de físicas (tal vez por su empuje y calidad personal o tal vez, también, por no haber podido encontrar acomodo en sus destinos más evidentes: facultades de matemáticas y de física…). Había pocos ingenieros, y por ello, escasa mentalidad práctica.

Eso dio un cariz muy teórico a los estudios y recuerdo como, en el mundo empresarial, la universidad estaba lo que podríamos decir “mal vista” por la esterilidad de sus estudios  excesivamente académicos y más bien poco ligados a la práctica.

Era inevitable. Recuerdo que en los proyectos informáticos reales en los que participaba en los años setenta y ochenta como profesional informático, sobre todo en los orientados a la pequeña y mediana empresa, una misma persona se ocupaba de análisis, programación y pruebas (lo que hoy llamamos ingeniería del software) pero también de ficheros y bases de datos, de comunicaciones y de muchos otros aspectos. Para “academizar” todo eso, no hubo más remedio que montar asignaturas y departamentos que troceaban falsamente la realidad. La universidad se organizó en departamentos y asignaturas especializados en, por ejemplo, bases de datos, pero no comunicaciones; programación pero no análisis y un largo etcétera. Inevitable, pero irreal.

Y por otra parte, la dificultad de disponer de medios económicos para mantenerse realmente al día en una profesión cambiante, hizo que la mayoría de profesores universitarios se refugiaran en la parte más teórica de cada una de esas supuestas “especialidades”. Mi mayor sorpresa cuando pasé a tiempo completo en la universidad, en 1989, fue precisamente el constatar que “dejaba de hacer”, y sólo “hablaba de”…

Pero de todo eso hablaremos con mayor detalle en otra ocasión.

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