Cada año suelo escribir el artículo sobre informática para el suplemento de la Enciclopedia Catalana. En 2011 ha sido imprescindible hablar de como, en octubre de 2011, fallecieron tres personas importantes en la historia de la informática.

Sorprendentemente, en un par de semanas, nos dejaron, de más joven a mayor (y, curiosamente, con exactamente 14 años de diferencia en su edad al morir: 56, 70 y 84 años respectivamente) personas como Steve Jobs, Dennis Richtie y John McCarthy. Un empresario innovador (Jobs), uno de los creadores del UNIX y del lenguaje C (Richtie) y el inventor del término “inteligencia artificial” (McCarthy), por citar sólo lo más destacado de su actividad global en la informática. Los tres dejaron una huella importante.

Pues bien, en 2012 debemos prepararnos para el aniversario del nacimiento de otro gran genio de la informática, Alan Turing, nacido en 1912, hace ya justamente cien años. Un intelecto excepcional y un ser menos afortunado en lo personal.

Seguro que, para la informática, 2012 va a ser el “año Turing” y me consta que ya se están haciendo preparativos para diversos congresos, conferencias y actos en torno a la figura y el legado de uno de los “padres” de la informática moderna. No en vano, el premio más famoso del mundo informático lleva su nombre: el Turing Award, concedido anualmente por la más amplia asociación de académicos (y algunos profesionales…) del mundo de la informática como es la ACM (Association for Computing Machinery).

Hay algunos que discuten si Turing fue un verdadero informático ya que su verdadera profesión fue la de matemático. En nuestro país hay bastante confusión en torno a eso, posiblemente porque los primeros catedráticos de informática en las universidades fueron, casi siempre, matemáticos o científicos teóricos “reconvertidos” a un nuevo y prometedor campo como la informática. Y han dejado también su huella.

En la presentación del premio Turing Award, la famosa y tan usada Wikipedia, define a Turing como un “científico británico, matemático y Lector en la Universidad de Manchester“. Nada dice de “informática”, ni de “computación”. Eso sí, sabemos que Turing fue el padre de la llamada “informática teórica” y que, en un famoso artículo de 1950 presentó lo que hoy conocemos como “test de Turing” para determinar si un programa se comportaba o no de manera inteligente. Y su “máquina universal”, que hoy llamamos “máquina de Turing”, es fundamental para determinar o no la calculabilidad de un problema.

Esa diferencia entre informática y la teoría de la misma ha sido siempre algo que he experimentado en mi propia carne. Cuando, joven profesional de la informática, en 1977, entré a dar clases en la recién creada Facultad de Informática de Barcelona de la UPC (FIB-UPC), tuve alguna que otra sorpresa no siempre grata.

Algunos de mis compañeros en la universidad tenían siempre el nombre de Turing en la boca y consideraban que sin conocer las ideas de Turing no se podía ser informático. Por otra parte, a mi me constaba que los verdaderos profesionales de la informática, aquellos con los que trabajaba todo el día (en aquellos tiempos, estaba como profesor asociado en la FIB con sólo cuatro horas semanales de dedicación) nada sabían de Turing en la mayoría de los casos. Y, debo decirlo, se ganaban muy bien la vida.

Curiosamente, mientras en la empresa y en la práctica profesional nada se sabía de ella, en la universidad se hablaba mucho de la “informática teórica” (evidente oximoron según la docta opinión de Marvin Minsky: ¿no se trata de hacer máquinas y programas reales y que funcionen? Eso no es teoría, es práctica ingenieril, decía el bueno de Minsky cuando, en 1991, le invité a Barcelona para dar una conferencia…).

Sea como sea, los casi treinta y cinco años pasados no han sido en balde. Todos reconocemos hoy la importancia seminal de Turing, la realidad profesional de la informática e incluso el oximoron minskiano de la “informática teórica”. Talante y tolerancia se llama la figura.

En cualquier caso, 2012 va a ser el año Turing y todos deberíamos alegrarnos por tener entre nuestros predecesores a alguien de tanta calidad intelectual.

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