Google ante la UE
Google ante la UE

Nunca he ocultado mi desconfianza sobre el control que ejerce Google sobre todo lo que rodea a nuestra forma y manera de vivir. He escrito en más de una ocasión que con Google peligra nuestra intimidad y lo hace de una forma subrepticia. Con todo disimulo, puede llegar saber de nosotros más de lo que podamos imaginar: desde movimientos, gustos de todo tipo, preferencias, creencias, en fin un desglose total de nuestra personalidad.

No me gusta nada el control dictatorial, sin posibilidad de contestación, que ejerce sobre todo lo que se registra en la red, incluida la difusión de los medios de comunicación. A nosotros se nos paga por lo que dicen ellos que teóricamente nos leen, sin poder ponerles una décima.

He escrito también que hay que reconocerles el lado bueno. La parte decisiva que le hace imprescindible para facilitarnos la vida. Aquello que no somos conscientes, pero que nos facilita y resuelve multitud de dudas y tareas. Al margen de disponer de una completa enciclopedia a golpe de tecla, nos sirve de guía para no perdernos o nos abre las puertas de la última hora de la información.

Vistos pro y contras, y la realidad de que su uso no es obligatorio, nos encontramos en las últimas semanas con el expediente abierto por la Comisión Europea por abusar de su posición dominante “al obligar a los fabricantes y operadores de los móviles y tabletas que operan con Android a instalar de forma predeterminada  servicios como su buscador y su navegador”.

Es decir, es que como si yo invento un cristal especial para automóviles por el que es imposible que te deslumbre el sol, lo patento, me lo compran todos los fabricantes de coches, lo instalan y, cuando lo usan más del noventa por ciento de usuarios, me denuncian por prácticas monopolísticas. A Google hay que reconocerle el éxito de haber dado con el producto que demanda el consumidor: el sueño de cualquier fabricante.

No es justo castigarle ahora por la cantidad de productos y soluciones que nos proporciona. Y menos que lo hagan los sesudos funcionarios europeos que ya nos han demostrado con asiduidad su desconocimiento total sobre las implicaciones de los cambios tecnológicos: no saben, ni están preparados; solo obedecen a intereses comerciales.

Más les valdría regular de una vez la forma para que tanto Google, como sus compañeras empresas norteamericanas de nuestro sector, paguen sus impuestos en todos y cada uno de los países europeos donde operan.