Ya saben de mi queja por cómo Microsoft cambió, en el Office 2007, una interfaz que venía siendo usada por millones y millones de usuarios en todo el mundo. Los costes del tiempo de esos millones de personas para adaptarse a la nueva interfaz han sido descomunales a nivel mundial. Millones de dólares.

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Soy mayor y llevo en esto de la informática más de 45 años (escribí mi primer programa de ordenador allá por 1968…). Recuerdo de los años setenta, cuando empezaron a usarse las pantallas, el nacimiento de una nueva especialidad. Se trataba del diseño del nuevo diálogo entre personas y máquinas (eso que, con el machismo habitual, se llamaba Man-Computer Interaction). Recuerdo también uno de los primeros libros sobre el tema, el del prolífico James Martin con el título: Design of Man Computer Dialogues, de 1973, que trataba, creo que casi por primera vez, de cómo diseñar los diálogos de una interacción que se prometía muy fecunda entre personas y ordenadores.

Hace ya más de cuarenta años. Lo sé. Pero, a partir de esos días, aprendí que, de lo mucho que hay en informática (entradas y salidas, ficheros y bases de datos, comunicaciones, proceso de datos, etc., etc.), el usuario conoce y domina uno sólo de esos elementos: la interfaz con la que accede al sistema y a través de la cual lo maneja. Eso es lo que realmente le importa.

La interfaz de uso de un sistema informático viene a ser el contrato nunca escrito con el usuario. Alterarla supone perjudicar al usuario, cambiar su manera de usar el sistema, modificar su relación con el mismo e incluso su percepción y confianza en el sistema informático que está usando. Hay que tener muchas y muy válidas razones para modificar la interfaz con la que el usuario accede a un sistema informático.

Y eso no ocurre.

Demasiadas veces, los profesionales de la informática llevados por las novedades tecnológicas a nuestro alcance, nos ilusionamos alterando la imagen que el usuario ha tenido de nuestros sistemas informáticos. Queremos usar las nuevas posibilidades tecnológicas y cambiamos la interfaz.

Normalmente, el resultado es el contrario del pretendido: el usuario, inseguro ante la nueva interfaz (la dominará, seguro, pero con el paso del tiempo y con mucha, muchísima práctica), se siente incómodo y puede incluso llegar a perder la confianza en el sistema. Ahora éste ya no responde cómo antes y vaya usted a saber, imagina el usuario, si hace lo mismo que antes hacía. Todos los automatismos creados por el uso y la práctica se convierten en inútiles, hay que aprender de nuevo lo que se puede hacer y la mejor manera de ordenárselo al sistema. No resulta fácil.

De ahí mi queja sobre la decisión de Microsoft, amparada incluso en el coste nunca calculado con detalle de lo que supuso el alterar la interfaz de uso de un Office que llevaba una docena de años en uso y había creado muchos de esos automatismos casi inconscientes que, simplemente, se convirtieron en inútiles de la noche a la mañana por una decisión del proveedor de uno de los mayores sistemas usados en todo el mundo. No tengo cifras, pero no me extrañaría nada que se pudiera comprobar que, junto a ese cambio de interfaz, la participación en el mercado de una suite como Microsoft Office  hubiera disminuido: puestos a tener que aprender una nueva interfaz (un nuevo sistema en la apreciación del usuario final); incluso se puede probar con otros sistemas como Open Office.

Pero ese error lo comparten miles de diseñadores de páginas web en las que, periódicamente, cuando el programador de turno descubre una nueva tecnología disponible, la implementa alterando la interfaz de acceso a otro tipo de sistemas.

¿Cuándo aprenderemos que la interfaz es vital? Es la visión que el usuario final tiene del sistema y alterarla supone, para la mayoría de ellos, alterar el sistema, hacerlo por un tiempo algo menos seguro y, evidentemente, mucho más incierto  a sus ojos.

Hay que saber dosificar los avances tecnológicos con la seguridad y confianza del usuario. Porqué, ¿qué es un sistema informático al margen de una herramienta para uso de los usuarios finales? Nada.