identidad en la nube
Maria Ángeles Sallé. Doctora en Ciencias Sociales, máster en Igualdad de Género y licenciada en CC.PP. y Sociología
Por Maria Ángeles Sallé. Doctora en Ciencias Sociales, máster en Igualdad de Género y licenciada en CC.PP. y Sociología

Una lectura integradora de los datos sobre la participación femenina en los entornos tecnológicos, nos lleva a una conclusión clara: la participación de las mujeres en el mundo digital tiene carácter sistémico, afectando a la elección de estudios relacionados con la tecnología, sin que ello signifique que las mujeres den la espalda a los recursos que ofrece la digitalización para la mejora de sus vidas, pues hay campos en los que son muy activas.

Es útil descomponer el término STEM para evitar una aseveración que hemos asimilado y que no es cierta. Las mujeres habitan las ciencias -la “S” de STEM- donde se aprecia mayor paridad entre los sexos o donde, incluso, las mujeres llegan a ser mayoritarias, tal y como sucede en las carreras científicas enfocadas en el sujeto, sobre todo si incorporan el sufijo “bio”, como sucede en el caso de Biomedicina (76% de mujeres), Bioquímica (66,1%) o Biotecnología (61,2%). También hay paridad o mayoría femenina en algunas ingenierías, como por ejemplo Ingeniería Química Industrial (46,5%), Ingeniería Medioambiental (48,1%), Ingeniería en Diseño Industrial y Desarrollo de Producto (46,1%), Ciencia y Tecnología de los Alimentos (67,5%) o Ingeniería Alimentaria (63,3%), todas ellas más fácilmente percibidas como aplicables a usos prácticos y/o a asuntos de la vida (MEFP, 2020). Dejemos, por tanto, de hablar de “STEM” en general para referirnos a los estudios y empleos tecnológicos, que sería una aproximación más correcta de la cuestión.

Y, dentro de las “TEM”, otra llamada de atención, consistente con el hecho de que, en el pasado, hubo muchas e importantes mujeres tecnólogas, más allá de que su contribución haya sido después invisibilizada. Un caso paradigmático es el de las matemáticas, donde hace 34 años existía equilibrio entre las y los estudiantes de esa disciplina (con un 50,54% de mujeres en sus aulas), coincidiendo con el tiempo en el que esta carrera se asociaba a la educación, más que a una tecnología centrada en objetos. Sin embargo, en el curso 2019/2020 la presencia femenina se había reducido 15 puntos. Con todo, en los últimos cursos se aprecia un incremento de la participación femenina, a la par que se reduce la brecha de resultados en esta asignatura entre las y los estudiantes más jóvenes.

Se ha observado por otro lado que, cuando unos estudios de naturaleza técnica son “renombrados”, incluyendo un referente de carácter más social, asciende sensiblemente el número de mujeres que los eligen. Así, en un estudio reciente llevado a cabo en la Universidad Politécnica de Madrid, de resultados coincidentes con los llevados a cabo previamente por otras universidades, dos carreras con un currículo y profesorado llenos de puntos comunes contaban con participación femenina muy dispar. También, el que existan dificultades “innatas” por parte de las mujeres para el aprendizaje de estas materias, no parecen ser el problema. Todo ello echa abajo la apreciación de la invariabilidad de los patrones que limitan la atracción y acceso de las mujeres a los entornos tecnológicos. Es urgente una reflexión.

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