El anuncio de Telefónica de desvelar sus planes para despedir a 6.000 empleados en los próximos tres años, si no fuera una broma, habría que definirlo por tres variables: inoportuno, descabellado e injusto.

César Alierta, su Presidente (recuérdese, nombrado por Aznar), ha cavado su tumba. Yo, si fuera él, me cargaría antes a toda la corte de pelotas e indocumentados que tiene alrededor: no solo le habrán recomendado el “ajuste”, unos, sino que,  otros, no se percataron de que la “medida” iba a ser un auténtico tsunami en la línea de flotación del puesto de mando de la compañía. Está claro que estos asesores trabajan para Orange o Vodafone, o lo harán en el futuro.

Seguramente, el recorte no es caprichoso y estará fundamentado no en los beneficios del pasado ejercicio, sino en su afán de ser más competitiva en los próximos años. Pero es…

Inoportuna. ¿Quién se puede explicar que el flamante portavoz de los empresarios españoles que se reunieron recientemente con Rodríguez Zapatero, para supuestamente aunar esfuerzos de cara a la recuperación económica de nuestro país y, sobre todo, poner las condiciones para crear empleo,  al cabo de dos semanas, decida que su empresa, de un plumazo, se va a deshacer de 6.000 personas? Es que no se puede entender.

Descabellada. Telefónica no se puede permitir el lujo de poner en marcha un ERE de esas características.  Por mucho que se quiera hacer abstracción de ello, esta compañía está sustentada por unos cimientos públicos, que le permitieron gozar de un monopolio infame, que luego le ha servido para mantener una posición de ventaja escandalosa sobre sus competidores.

Injusta. Una empresa que recibe tratos de favor continuos por parte del Estado, léase concursos, subvenciones, etc., tiene que mirar también por el país que le acoge. En alguna ocasión he comentado que no soy partidario de que las grandes empresas actúen como ONGs,  más bien, deben servir a sus accionistas o propietarios, pero, en el mundo en que vivimos, que tanto les ha dado, también deberían tener una responsabilidad social.

Una responsabilidad social, quizá no escrita o legislada, pero si moralmente aceptada, que pusiera un poco de sensatez en decisiones de este tipo. Algo que repercutiera en esa sociedad que tanto les dio y de la que se han nutrido económicamente a lo largo de los años: esto no se puede pagar solo con impuestos, que también.

Y, ¿qué tal si tratamos a la gente como si fueran personas y no simplemente como números, que se pueden poner y quitar para ajustar un resultado? Si vivimos en un mundo de seres humanos, deberíamos de cuidarnos un poco más entre nosotros mismos.