José Joaquín Flechoso Cibercotizante

El futuro llega más rápido de lo que se cree, en este concepto coincidían recientemente Peter H. Diamandis fundador de la Fundacion XPrice y notable impulsor de la aeronáutica espacial privada y el economista Philip Kotler padre del marketing digital, exigiendo ambos una continua reinvención de todos los ámbitos de la vida humana. Vivimos a caballo entre una transición ecológica para encarar la emergencia derivada del cambio climático y sobre la transición digital, que deja obsoletos los mercados, los medios y las fórmulas organizativas de las sociedades industriales precedentes.

Ello conduce, por tanto, a repensar cómo debiera ser la educación en el mundo actual, desde la escuela hasta la universidad y el afianzamiento de los valores que permitan preservar la dignidad de todas las personas, promover su calidad de vida y construir las sociedades del futuro, donde predominen la solidaridad y el respeto a los derechos personales. Pero todo esto no es nuevo. Ya en 1979 un informe al Club de Roma denominado Aprender, horizontes sin límites ya hablaba sobre la necesidad de actualizar el aprendizaje y proponía un cambio caracterizado por la adaptación inconsciente a los problemas, sustituyéndolo por un nuevo concepto de aprendizaje anticipatorio y participativo, como única vía de superar sin riesgos la distancia que separa la capacidad humana y las complejas exigencias que ya se perfilaban en un horizonte tecnológico, pero aun primario por aquellos años.

Tiempos después nos encontramos que el tema de la educación sigue unos pasos por detrás de los avances tecnológicos. La educación y la transformación digital deben ir imbricados pues es evidente que ambos se necesitan, pero ¿qué demandas plantea el ecosistema digital a los sistemas y etapas educativos? ¿qué competencias requiere de estudiantes y docentes? Es evidente la solución pasa por definir todas y cada una las herramientas digitales, como recursos didácticos.

 

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