A finales de enero, en la web del Future of Life Institute se publicaba una carta firmada por unos cinco mil supuestamente expertos en inteligencia artificial, aunque entre ellos se incluyera, por ejemplo, el “mediático” físico Stephen Hawking de quien no se conocen excesivos resultados de su presunta investigación en Inteligencia Artificial… La interpretación de la mayoría de periodistas vino a ser que la sociedad se ha de involucrar en una investigación, la de la IA, que ha de afectar al destino de la humanidad.

El texto reclamaba atención para la IA pero se convertía también, en manos de algunos periodistas poco informados, en una casi denuncia sobre los peligros de la IA. Y, al menos tras mi lectura de ese texto, me parece que poco de eso hay en él.

Pero, sea como sea, acabé teniendo que intervenir en un debate organizado por la televisión del periódico Ara que acabó dedicando, el domingo 8 de febrero, sus primeras diez páginas al tema. Como siempre, no dejes que la realidad te estropee un buen titular (¿Máquinas demasiado humanas? fue el que se usó en este caso).

Entiendo que, tras el batacazo que para la hipótesis de la “IA fuerte” supuso el libro de Roger Penrose La nueva mente del emperador: sobre ordenadores, mentes y las leyes de la física (1989), los que viven de la IA se vean obligados a publicitarla de nuevo, aunque me parece que se exagera. Los miedos ahora desencadenados no parece que sean adecuados. En ese debate del que les hablaba coincidimos todos los “expertos” en que no hay nada que temer, básicamente porque la realidad de lo que ha obtenido hasta hoy la IA es más bien poco, aunque usemos de esa denominación, IA, en demasía.

Recuerdo que, en los años ochenta, cuando incluso los bancos y algunas grandes empresas empezaron a crear subgrupos de “ingeniería del conocimiento” (que eliminaron pocos años después ante los escasos resultados), uno de los vendedores de mi empresa, temiendo una reacción adversa al término inteligencia artificial (por aquello de los referentes de ciencia ficción que no deja de tener), decía a sus futuros clientes que IA significaba, sobre todo, “Informática Avanzada”. Lo cual no deja de ser cierto.

En los primeros años, la IA usaba de lenguajes, técnicas que programación y de trabajo diferentes al resto de la informática, aunque poco de diferente hay hoy cuando, por ejemplo, la traducción automática que más se usa se basa en recurrir a grandes bases de datos de expresiones y frases. Lejos estamos de la idea original de una traducción informatizada igual al proceso que usa un traductor humano: entender el significado de lo que se dice en una lengua y volcarlo en la otra lengua. Investigadores famosos de la IA como Marvin Minsky y Seymour Papert, ya etiquetaron, en su día, como un error ese intento mimético.

La IA parte de un nombre un tanto exagerado que acuñó John McCarthy en el encuentro fundacional de verano de 1956. Cuando todavía se sabía poco de la inteligencia y se creía que éramos los únicos seres inteligentes del planeta (todavía no habíamos reparado a fondo en las capacidades intelectuales de, por poner sólo algunos ejemplos, chimpancés y delfines), hablar de “inteligencia artificial” despertaba todo tipo de ensoñaciones. Las mismas que parece despertar hoy, casi sesenta años después, en algunos periodistas.

La inteligencia humana (el referente casi único de inteligencia en 1956) tiene autoconsciencia, motivaciones, deseos y un montón de acompañantes más que están (y estarán durante muchos años) alejados de las posibilidades de lo que llamamos Inteligencia Artificial. Como bien decía John Haugeland, en su libro de 1985: Artificial Intelligence: The Very Idea, el mismo nombre es demasiado pretencioso y, aseguraba, hubiera sido más comprensible llamarla “inteligencia ortopédica”.

Un genio como Alan Turing dijo, en su famoso y seminal artículo Computer Machinery and Intelligence (1950), que, en cincuenta años (es decir, en el año 2000) dispondríamos de verdadera IA o, como diríamos hoy, programas que superaran el test de Turing. Ni de broma. Esa visión tan optimista más que 50 años tal vez cueste unos quinientos. No hay nada que temer, al menos por ahora. Pese a lo que diga Hawking…