Miquel-Barceló esperanza matemática
Miquel-Barceló esperanza matemática

Escribo a mediados de julio, cuando nuestros políticos todavía deshojan la margarita de la investidura o, incluso, la alternativa de nuevas elecciones. Oyendo las noticias de estos días, se me ocurre pensar que, si estamos dejando tantas y tantas cosas a las inteligencias artificiales (planificar rutas, conducir vehículos, etc. etc.), una posibilidad no despreciable sería dejar que, tal vez, con el tiempo, nos gobiernen. De hecho, hablamos de Inteligencia Artificial tan solo desde 1956. En ese año, en el encuentro del Darmouth College en Hannover, se acuñó (posiblemente por parte de John McCarthy) el nuevo término “Inteligencia Artificial” (IA), para tratar de un tipo de problemas (y soluciones) que eran diferentes a lo que se estaba haciendo hasta entonces en el campo general de la informática.

Publicidad

Justo es decir que, en aquellos momentos, poco se hablaba de la inteligencia de delfines y chimpancés y, por lo tanto, el referente de la nueva denominación IA era básicamente la inteligencia humana. Hecho, tal vez insospechado e inesperado, que acabó creando unas expectativas muy altas y logrando que el término IA se convirtiera, posiblemente, en el término tecnológico con mayor potencialidad de marketing de la historia.

En 1956 se acuñó (posiblemente por parte de John McCarthy) el nuevo término “Inteligencia Artificial” (IA)

Esto llevó, de manera del todo inevitable, a posibles (y para algunos del todo deseables) intervenciones de la IA en la vida cotidiana. Y, como era de esperar, también en la democracia y en su gestión.

La primera referencia tradicional, imaginada incluso antes de la invención del término IA, la aportó Isaac Asimov con algunas de sus sugerentes historias sobre robots. En los años cuarenta, para gente como Asimov y sus lectores, un robot no era otra cosa que una IA dotada de movilidad. Muchas de las imaginativas especulaciones que Asimov asignó a los robots, hoy las consideraríamos mucho más típicas de la IA.

Posiblemente la primera especulación sobre el tema, sería “Evidence” (1946 – “Evidencia”, relato incluido en la compilación “Yo, robot” de 1950). Vista la escasa capacidad de la mayoría de políticos que tienen el poder actualmente, no parece ninguna sandez pensar en IA’s que gobiernen comunidades humanas. Ya parecía posible en los años cuarenta…

La historia, una de las protagonizadas por la robotpsicóloga Susan Calvin, trata de Stephen Byerley que empieza como fiscal de distrito (y al final del relato nos enteraremos de que, después de una larga carrera política, llegará a ser Alcalde, Coordinador Regional y, finalmente, el primer Coordinador Mundial de todo el planeta). La duda surge cuando un político empieza a sospechar que Byerley no es un ser humano, sino un robot que se hace pasar por humano. Resulta en sus actuaciones demasiado sensato, justo, y, en definitiva, perfecto para su tarea.

Byerley va trampeando los problemas que se le plantean y negando ser un robot (recordamos una IA móvil…) a pesar de que la duda ha arraigado en la opinión popular. Le piden que demuestre de alguna manera su humanidad y, a pesar de que él se niega, un buen día uno de sus discursos resulta interrumpido cuando un energúmeno le provoca pidiéndole que le pegue para demostrar que Byerley es humano. Lo hace, le pega, las dudas se desvanecen y resulta elegido.

Se entra aquí en el viejo sueño de Asimov de los cerebros positrónicos que, inevitablemente, llevan grabadas las Tres Leyes de la Robótica. Entre ellas la primera y más potente dice: “Un robot no hará daño a un ser humano, o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”. Por lo tanto, pegar a un humano no está dentro de las capacidades de un robot.

El acto parece satisfacer a todos, incluso a la experta Susan Calvin, a pesar de que, antes de acabar el relato, la misma Calvin demuestra que le es del todo igual si quien manda sea humano o IA, basta que lo haga bien y con honradez. Y, como siempre, Calvin sabe más de lo que dice…

En cierta forma, Susan Calvin (y con ella Asimov) se apunta a la vieja idea de la república de los sabios de Platón, y ¿quién puede ser más sabio que una IA diseñada para serlo en su campo de aplicación?